La Asociación de Cristianos Universalistas realiza la siguiente declaración de fe:
| Creemos que todos somos linaje de Dios, que hemos sido creados a la imagen del Padre Celestial de todos, y que cada persona está destinada a ser elevada desde la imperfección a la madurez de acuerdo con el modelo que marcó Cristo, el Hijo de Dios, el Humano Perfecto en cuya imagen toda la humanidad será transformada. |
El fundamento de la fe Cristiana original es la creencia en Jesucristo como el Hombre-Ser Divino, el perfecto ejemplo de lo que significa ser verdaderamente y plenamente humano. Cristo es quien nos otorga poderes para levantarnos del pecado, de nuestra condición imperfecta y llegar a ser divinos (Ro. 5:18-19, 1 Co. 15:22). Con la idea de Jesús como “Hijo de Dios” no sólo se muestra su condición especial como el Mesías, sino también el hecho de que todas las personas somos hijos de Dios, que podemos heredar con Cristo, como hijos de Dios, todas las cosas buenas que Dios ha preparado para los que le siguen y le aman. (Ro. 8:16-18, Gá. 4:1-5). Si seguimos a Cristo, el modelo de la divinidad en forma humana, seremos divinizados en su imagen (Jn. 12:36, 17:22-24, 2 Co. 3:18, Ef. 1:3-6). Esto nos permite llevar a cabo nuestro potencial original que se nos otorgó cuando fuimos creados en la imagen y semejanza de Dios, de acuerdo con el Génesis, y luego caímos en el pecado.
En la iglesia griega, la divinización mediante el modelo de Cristo se llama theosis (literalmente, deificación, ser uno con Dios), y era un concepto importante para muchos cristianos hasta que Roma secuestró y pervirtió la religión. Los cristianos primitivos entendían la salvación no meramente como un escape del infierno, sino como una transformación total del ser humano en conformidad con la imagen divina (Ef. 4:13,15, 5:1-2, Col. 1:25-28, 1 Jn. 3:1-3). Nosotros hoy en día como cristianos universalistas queremos hacernos eco de esta grandiosa perspectiva de la salvación, basada en el reconocimiento de la naturaleza esencialmente divina de los seres humanos y, por lo tanto, de nuestro potencial divino manifestado en la persona de Jesucristo.
La Biblia deja claro que Dios debe considerarse como el Padre de todos (Mal. 2:10, Mat. 6:9, Ef. 4:6); que todos los seres humanos, hombres o mujeres, estamos creados a su imagen divina y semejanza (Gn. 1:26-27, Is. 66:13, Mt. 23:37); que la Luz del Espíritu de Dios está con nosotros (Job 33:4, Sal. 51:10-11, Mt. 5:14, Mr 1:8, Lc. 11:35-36); que somos literalmente linaje de Dios (Hch. 17:28), y en ese sentido somos “dios” (Sal. 82:6, Jn 10:34); y que algún día podremos realmente manifestar los poderes de los “dioses” tal como Jesús hizo (Mat. 17:20, Lc. 6:40, Jn 14:12, 1 Co. 6:2-3).
¡Este es el glorioso destino de todas las personas! Nadie se excluye de este portentoso plan divino. En la plenitud de los tiempos, Dios será “todo en todos” (1 Co. 15:28), significando que todos los seres manifestarán los atributos de Dios hasta su más pleno potencial. La vida, sea la forma que tome en nuestro viaje espiritual, es luchar y avanzar hacia más y más grandes niveles de manifestación divina, hasta que cualquier rastro de separación egotista sea purgado de nosotros y seamos transformados, hechos nuevos, como ya lo era desde la fundación del mundo.



